Se sorprendieron las puntas de los dedos,
que siempre instaron al alma
a lucir los más suntuosos atuendos,
cuando la voz lanzó flechas de hielo al éter,
rompiendo así el encantamiento.
Todo quedó estático,
el ambiente del polo arrojó lenguas
filosas, que desbastaron los
otrora rincones de tibiezas.
Los oídos se negaban a aceptar
esa rigidez de las palabras.
Era demasiado tarde,
todo se cubrió de un blanco liso,
perfecto, sin filos,
doloroso en su redondez brillante
que como un manto de espuma,
no dejó grieta impenetrada.
El invierno llegó, los dedos y las pieles
perdieron para siempre la sensibilidad
y las uñas lloraron de impotencia.
La historia había así concluido.
11 de Octubre 2005